Las peras malditas de San Agustín

Santo, filósofo y robaperas. ¡Lo tiene todo!
Agustín de Hipona (Siglos IV y V d.c., ojito) más conocido y querido entre estudiantes y profesores de toda la vida como “San Agustín”, fue uno de los primeros filósofos que, de forma seria a la vez que divulgativa, se esforzó por mostrar sus ideas de forma sencilla y hasta cierto punto amena.
Como no hay nada más ameno que el cotilleo y las habladurías, llegado un momento de su vida en el que creía que tenía que renegar de su turbia juventud –Dios: dame continencia, pero no hoy, dicen que decía- y a la vez enseñar a sus lectores y fieles (era obispo ya a esas alturas) se dispuso a narrar sus “Confesiones”, un libro que, si se sabe leerlo, se sabe disfrutarlo; una joya, vamos, una joya el libro y una joya agustinito de joven, que no ponía freno a las concupiscencias -palabra rara que te ha de ir sonando- ni a las travesuras, entre ellas la que paso a contarte de su propia voz:
[…] Había en la vecindad de nuestra viña un peral cargado de frutas que no eran apetecibles ni por su forma ni por su color. Fuimos, pues, muchachos perversos, a sacudir el peral durante la media noche, ya que hasta esta hora tardía habíamos alargado, según nuestra mala costumbre, nuestros juegos. Nos llevamos varias cargas grandes, pero no para comer las peras nosotros, sino para echárselas a los puercos. Y si algunas peras probamos, lo hicimos sólo por el gusto de hacer lo que estaba prohibido.
Éste es, pues, Dios mío, mi corazón; el mismo corazón al que otorgaste tu misericordia cuando se hallaba en lo más profundo del abismo. Que él te confiese qué era lo que andaba yo buscando cuando era gratuitamente malo, pues para mi malicia no había otro motivo que la malicia misma.Era detestable, pero la amé; amé mi perdición, amé mi defecto.Y lo que amé no era el objeto por el que cometía el defecto, sino el defecto en sí mismo. Alma llena de torpezas, alma que se soltaba de tu firme apoyo encaminada rumbo al exterminio, sin otra finalidad en la ignominia que la ignominia misma […]
¿Qué enseñanzas quiere darnos San Agustín con esta historieta? Pues algunas muy complejas que a lo mejor un adolescente no está en disposición de entender del todo, pero hay otras de las que bien puedes sacar muchas preguntas de pensar, con las que redactar alguna pequeña reflexión voluntaria o simplemente entretener ese tiempo maravilloso de mirar al techo que todos nos reservamos de vez en cuando; yo te propongo algunas:
  • ¿Es el Mal algo natural, que está en nosotros y que por tanto amamos en sí mismo en determinadas épocas o circunstancias?
  • ¿Cómo es que Dios -os recuerdo que Agustín era teólogo y obispo, todo un “Padre de la Iglesia”- consiente que en los corazones que él ha creado habite el placer de hacer el Mal?
  • ¿Puede tener alguna utilidad este tipo de comportamientos? ¿Es que a los 16 años -la edad de San Agustín cuando era robaperas- no tod@s tenemos o hemos tenido comportamientos de este estilo? ¿Servirán de algo, aparte de para cabrear a los adultos?
  • ¿Como se explica que los males causen tanto placer de tantas clases, si a nadie le gusta sufrir las consecuencias de estos actos?
Más textos jugosos de Las confesiones, e incluso puedes bajarte legalmente el libro en formato electrónico aquí.

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